Cada años numerosos “expertos” del mundo del vino llegan a la Argentina para dar su veredicto sobre nuestros productos. Ya pasó el chileno Patricio Tapia con su guía Descorchados, el inglés Tim Atkin, quien próximamente publicará su reseña sobre los vinos argentinos y el ex Wine Spectator James Suckling que ha publicado su opinión en su sitio on line. Se conocerán las medallas otorgadas por Decanter, el international Wine Challenge, la International Wine and Spirits Competition, los juicios de Luis Gutierrez para Wine Advocate y los de Stephen Tanzer para Vinous, en una de sus ultimas sesiones de cata.

Ante cada juicio, los perjudicados nos lamentamos y los beneficiados corremos a comunicar al público la opinión de los expertos. Todos miramos con recelo a tal o cual productor que ha recibido un punto más. Parecería que el éxito o el fracaso de años de sueños y esfuerzos, de decisiones correctas o equivocadas, de exponerse al clima y a la naturaleza, de aprendizajes e interpretaciones se pueda determinar en los 20 o 30 segundos que dedica el “experto” a catar nuestro producto.
¿A quién le sirve este sistema?

Es entonces el momento de reflexionar sobre la utilidad y la eficacia de los puntajes para describir las cualidades de un vino, y preguntarse si sus problemas no son mayores que sus beneficios. Se trata de una discusión compleja pero importante, y cada vez mas urgente, como escribe el periodista Jamie Goode, “hay motivos para no utilizar puntajes para premiar un vino (¿cómo puede un solo numero pretender ser un resumen útil de todas las propiedades de un vino?), pero hay también que entender que el vino es una materia compleja y variada, y bastante costosa, y (los puntajes) son un atajo importante para los consumidores que no pueden probar antes de comprar”.

En algunos mercados (empezando por Estados Unidos) tener buenos puntajes es necesario para conseguir buenas ventas, sobre todo en las góndolas de supermercados y vinotecas. Pero en otros, como Europa, con mayor educación sobre el vino y con más tradición, los puntajes juegan un rol realmente menor. Parecería estar llegando un tiempo de cambios. Como continúa Goode, “existen problemas reales con los puntajes, que hoy ya no son relevantes como hace un tiempo”.

El vino, en cuanto elaborado para dar placer al gusto y al olfato, es un producto estético. Un objeto “artístico”. Y también, como su esencia es la de representar un conocimiento, un lugar, una tradición, es un producto cultural. La idea industrial de transformar el vino en un producto de consumo es una violación a su naturaleza, y por tanto su producto no debería llamarse “vino”.

En consecuencia, cualquier escala de puntajes también está bien lejos de poder comprender y expresar la multidimensionalidad de un vino, su capacidad de ser distinto y sorprender, su evolución en la botella y su contexto cultural. El puntaje es un mecanismo simplificado donde el “experto” juzga a priori que conoce la “perfección” en vinos contra la cual compara, y que por lo tanto desnuda un esquema conceptual industrial, ya que la perfección requiere recetas y no puede sorprender porque es conocida. La belleza duradera siempre es imperfecta e imprevisible. Un vino perfecto tomado todos los días se vuelve aburrido y cansa.

La pretensión de que el paladar y las sensaciones de un crítico en el momento de una breve degustación pueda representar el gusto universal de los consumidores habla mal de todos: de los productores, de los consumidores y del critico. La reducción del vino a un objeto de consumo. ¿Es razonable poner puntajes a una obra de arte?

Premios y medallas alimentan así una tendencia a la estandarización de la comunicación del vino y de su sistema de producción y distribución: son un tentativo de evidenciar líneas comunes en un mundo donde las cosas mejores vienen de la diferenciación y unicidad de cada viticultor y de los resultados de su trabajo.

La razón de ser de los puntajes es en teoría la de orientar a quien elige comprar una botella. Pero en la era de Internet, ¿es necesaria semejante reducción? En ultima instancia la experiencia individual es siempre única.

En Chakana queremos esforzarnos para contar lo que hacemos de la manera más transparente y honesta. Porque, como dice Jamie Goode “cuando estás frente a vinos realmente interesantes, auténticos, naturales, los puntajes no sirven” para comprenderlos.