La cada vez mas interesante Revista Almagro publico en estos dias una entrevista al critico de cine Roger Koza (http://almagrorevista.com.ar/roger-koza-cine-argentino-estar-las-cinco-cinematografias-mas-creativas-del-mundo/), donde entre otros pensamientos, reflexiona sobre el gusto. 

“Uno defiende su gusto estético porque pareciera ser lo inmediato, lo impensado, lo que surge. Como si fuera la soberanía de su sensibilidad. La pregunta es ¿qué historia tiene esa soberanía? Si empiezo a entender que hay una historia y que casi nunca ha sido elegida por mí, me doy cuenta que soy un misterioso preso de mi propio gusto. Cualquier sujeto que esté dispuesto a la intromisión de algo desconocido a la zona de certezas del orden estético del cine, puede generar un desvío, una reformulación y una expansión de su propia estructura de recepción; es decir de ese magma que llamamos gusto. Hay momentos en los que hay que pensar en contra de eso. Si a uno lo incomodan determinadas películas, es ahí donde hay que meterse.”

La idea de que el gusto, que nos parece lo mas intimo y espontaneo de nuestro ser, puede estar condicionado por una historia de influencias externas que buscan aprovechar nuestras elecciones es un tema que ha preocupado a muchos cineastas, de manera paradigmática a Pasolini, que entrego su vida a la lucha contra la sociedad de consumo. En el mundo del vino, la llegada a la edad adulta de la generación milenial y su instintivo inconformismo y el consolidarse del movimiento del vino natural han puesto en foco el problema.

Porque tomamos los vinos que tomamos? Porque tomamos variedades internacionales plantadas en casi todos los lugares del mundo y elegimos un estilo corpulento de color oscuro, dulzura excesiva y notas a chocolate, vainilla y café? Cuanta influencia tiene la critica local e internacional en la manipulación del gusto? Es inevitable pensar que existe una connivencia voluntaria o inconsciente entre estas tendencias y la “industria” global del vino que inunda nuestras góndolas con etiquetas diferentes que contienen líquidos idénticos producidos con técnicas diseñadas para limar la identidad.

El vino natural propone una resistencia radical a esta situación. Por un lado, la minimización del uso de sulfitos, el uso de fermentaciones espontaneas, la eliminación del filtrado, la ausencia de aditivos y conservantes, abre nuevas posibilidades y equilibrios gustativos y táctiles, incluso imperfectos (o tal vez “incomodos”, como diría Koza). Técnicas de elaboración ancestrales exploran nuevos gustos y revitalizan zonas y variedades olvidadas. Por otro, el vino tiene en realidad infinidad de caras, tantas cuantos pequeños productores y tradiciones tiene el mundo. 

 En la Argentina, la experimentación de algunos enólogos intrépidos abrió la puerta a una nueva era de gustos mas originales o mas antiguos, aquellos que no debimos perder. Ahora es necesario que la emancipación del gusto llegue a todos los consumidores para que podamos re-inaugurar una verdadera cultura del vino. Para quien desee profundizar sobre estas ideas, los invito a leer el ultimo libro de Jonathan Nossiter, “Insurreccion Cultural”, que de manera inversa ve en el vino natural un espejo donde el cine contemporáneo podría mirarse.