El vino es una experiencia estética

Elegimos la botella con mucha atención. Esperamos el mejor momento para abrirla. Destapamos con cuidado, lo servimos y rotamos las copas. Cerramos los ojos mientras tratamos de reconocer los aromas que se desprenden, por fin tragamos un poco de líquido, con concentración, todo queda suspendido hasta que el retrogusto nos invade el fondo de la boca y la garganta. El vino es delicioso. Pero por qué tantas ceremonias para tomar esta bebida? Es que reconocemos en el vino una creación humana, una cooperación entre viticultor y naturaleza, entre productor y consumidor tratando de entender algo mas de nuestra percepción: en este sentido se puede interpretar al vino como una obra de arte, y su experiencia como estética. Cuando nos acercamos a una obra de arte de cualquier tipo nuestra mirada normal no es suficiente para comprenderla, tenemos que modificar nuestro proceso de atención. Como escribe el filósofo francés Jean Marie Schaeffer*, necesitamos “una exploración atencional sobre-investida: escrutamos el cuadro, escuchamos activamente el flujo sonoro, leemos el texto sin saltarnos las palabras, la atención estética nos recompensa dotándonos de una capacidad de discriminación (perceptiva, pero también categorial y emotiva) más fina”. Todos los pasos previos al tomar una copa de vino se justifican entonces como necesarios para gozar plenamente de su complejidad. Este mecanismo funciona si se aplica a vinos honestos y auténticos, es decir cuando nos enfrentamos a botellas, etiquetas y productores que no mienten cuando describen los procesos de cultivo y de vinificación. Cada producto nos envía señales para que nos decidamos a comprarlo. En este caso, Schaeffer nos explica que cuanto más "costosa" es una señal (por ejemplo, todo el trabajo manual, una viticultura natural y métodos de vinificación sin productos químicos) cuanto más honesta y positiva será para quien se acerca a la obra que va a disfrutar: “La situación es en consecuencia muy diferente de la que tiene lugar con las señales no costosas. Éstas son fácilmente simulables”, dice Schaeffer: en el vino estas pueden ser etiquetas y envases más elaborados del mismo líquido, aromas obtenidos a través de manipulaciones sintéticas, marketing engañoso. En nuestra experiencia diaria tratamos de categorizar los estímulos que recibimos desde el exterior de la manera más económica posible (“percepción convergente”) tratando de reconducir lo que percibimos a elementos más generales y conocidos. Esta actitud cambia cuando nos enfrentamos con una obra de arte o un vino deseado: las mejores experiencias estéticas llegan cuando buscamos la originalidad y la unicidad del artefacto artístico, cuando nos dejamos sorprender por sus matices y características inesperadas. La experiencia estética es aún más completa cuando estos estímulos “divergentes” están enmarcados en un contexto de fluency, así como lo describe Schaeffer, un contexto (o una botella en nuestro caso) coherente, balanceado y armonioso que nos permite disfrutar de la unicidad de nuestro vino. Al tomar vino nos transformamos un poco en artistas. Tenemos que ser curiosos y abiertos a lo inesperado, abrazar la complejidad: esto tiene un costo, es fatigoso, pero nos permite una experiencia completa y, a veces, inolvidable. Evidentemente esta manera de acercarse al vino no tiene nada que ver con todo el sistema de puntajes y juicios emitido por los llamados expertos del vino: señores que catalogan un vino durante una cata de pocos segundos, justamente tratando de esquematizarlo, simplificarlos, reducirlo a un número o a una medalla. Como escribe Schaeffer: “si el arte es una señal costosa, entonces todo intento orientado a transformarlo en señal no costosa debería anularlo, destruirlo. Eso es lo que sucede. Consideremos el ejemplo de una obra literaria. Toda tentativa de reducirla a una forma de comunicación económica, en este caso toda tentativa de reducirla a su supuesto contenido informativo –por ejemplo, resumiéndola o desambiguándola– supone destruirla”. Desde el momento en que se juzga con el ojo del “experto” ya no hay experiencia estética. Y entonces es importante prestar atención a quién les da tanta importancia a los puntajes, las medallas, los números. Ellos olvidaron toda curiosidad y encantamiento para el vino: se están perdiendo todo el gusto. * las citas de Jean Marie Schaeffer de este articulo vienen de “Experiencia estética: placer y conocimiento”, publicado en Boletín de Estética n.25, 2013 La iliustración de esta pagína es un trabajo de Maria Hergueta